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Seminarios Foroalfa
Crónica de un enviado especial de la UDGBA
Por DG Sergio Braguinsky Carrera
La apuesta no fue menor: reunir a cinco oradores; convocar a profesionales del diseño gráfico a un encuentro de tres días de duración; contar con un lugar adecuado para hacerlo y, desde el vamos, establecer el costo de la inscripción en dólares.
El resultado fue auspicioso: una sala casi llena en todos los encuentros (un promedio de entre 90 y 100 asistentes fue la estimación de este cronista) y un ambiente relajado sin acartonamientos ni solemnidades, que bajaba desde el escenario hasta la platea.
Chaves + Ros
La cortesía indicó comenzar con un nutrido desayuno para que, a las 10 de la mañana, Norberto Chaves comenzara su conferencia titulada "La calidad gráfica".
No es posible afirmar que Chaves, luego de tanta experiencia y trabajo realizado, tenga por uno de sus objetivos principales el provocar al auditorio. Lo que sí es claro es que lo hace. Y también lo seduce, vale decir.
En su discurso se entrecruzan enunciados poderosamente políticos ("Somos más traidores consumiendo que trabajando para el sistema" o el incómodo, ácido y hasta chocante "el diseño no puede cambiar la sociedad; para cambiarla hay que tomar las armas") con sentencias que, en su boca, suenan a indiscutibles ("La fealdad —referida al diseño— existe y hay que animarse a nombrarla" o bien "la sensibilidad —por ejemplo, para elegir una tipografía— se ejercita practicándola y evaluándola constantemente").
Escuchando a Chaves se respiró una vez más su reticencia a aceptar que sea saludable que el diseño sea una profesión enseñable en ámbitos universitarios, determinando cierta diferencia entre dos categorías para él divorciadas de cabo a rabo: la instrucción y la cultura: "Un buen diseñador debe ser culto, que no es lo mismo que ser instruido (...) la matriz del diseño gráfico es la cultura". El contar con conocimientos prácticos, técnicos e instrumentales está un escalón más abajo que la obligación de todo profesional de capacitarse y culturizarse al máximo, independientemente de las exigencias del mercado. Este proceso —el de alimentar la propia cultura— es resultante de estar atento y explorar lo que nos rodea sensorialmente (música, arte, mobiliarios, artesanías, arte primitivo, etc.). Sólo con la recurrente autoexigencia y con una constante vuelta a las fuentes se nutre la semilla de un profesional culto.
En una de sus muchas bromas —nada inocentes— Chaves jugó a imaginarse que una buena manera de formar diseñadores gráficos sensibles a la forma era encerrarlos un largo tiempo en las cuevas de Altamira a contemplar las pinturas rupestres. Risas en el auditorio... pero con cierta sensación de que, finalmente, Chaves habla siempre en serio.
Ya cuando los relojes marcaban que la duración de su conferencia no le hizo caso a los cronogramas y casi cuando nos habíamos olvidado de que él había prometido presentar ciertos parámetros para medir la calidad gráfica, los presentó, a modo de boceto en constante evolución. El punteo de ítems, evaluables y mensurables, en modo decálogo, fue el siguiente: convencionalidad; ocurrencia; eficacia; propiedad; respeto; pertinencia; densidad; economía; transparencia; anonimato.
Luego de una sesión de preguntas del público en la que Chaves hubiera querido más polémica, más chispazo, tuvo lugar el receso que separó la primera conferencia de la segunda actividad: una entrevista que el mismo Norberto le hizo al diseñador gráfico Alejandro Ros.
En esta charla Ros pudo contar cómo es su proceso creativo, apoyado en la ocurrentes preguntas de Chaves y basado en imágenes de su propia cosecha. Se generó un clima distendido propio de una charla entre amigos, clima que llegó sin filtros al auditorio, atento a la calidad de las ideas gráficas de Ros y al plus de contar con su presencia in situ. Es para recordar que, para tener una idea de cómo entiende él su relación con su trabajo, confesó haberle preguntado a un cliente si aún vivía con su madre. Entre esta aproximación extremadamente "personal" al escenario natural de quien le encarga el trabajo; una constante documentación gráfica (cámara digital en mano) y un ojo altamente entrenado, germina la gráfica de Ros.
Belluccia
Al otro día, luego del desayuno de rigor, Raúl Belluccia contó algunos de sus enojos con respecto a la enseñanza del diseño. Enojos que le hicieron cambiar el título de su conferencia: en vez de "...y sus trampas", se llamó "La enseñanza del diseño y sus arrugas" término que tomó prestado del escritor cubano Alejo Carpentier.
Luego de hacer una breve introducción acerca de la escasa reflexión crítica que hay en el ámbito del diseño gráfico; la flaca producción teórica; la asimetría existente entre la creciente oferta y la rezagada demanda de diseño —lo que genera cierta intranquilidad laboral— llegó a la conclusión que ya es casi una de sus ideas más conocidas: su preocupación por la tendencia de las escuelas de diseño de alejarse de la realidad profesional.
Belluccia arrancó con uno de sus caballitos de batalla: la puesta en cuestión de la función social del diseño. Allí explicó que todo objeto diseñado influye socialmente pero se preguntó quién puede arrogarse el derecho a determinar qué es un fin social loable (a sabiendas de que hay extremos y matices: poca discusión puede haber sobre si es loable proveer de mensajes gráficos a la lucha contra el hambre; pero ¿es tan indiscutible aquélla como la legalización del aborto?).
Rescató, Belluccia, el valor de la contradicción y de la necesidad de convivir con ella y recordó que sin clientes o comitentes —quienes sin duda pueden tener fines nobles o viles— no es posible diseñar nada.
"Diseñar —decía Belluccia— no implica coincidir con los objetivos del cliente". Para reafirmar este enunciado se valió de un ejemplo práctico: el obrero que milita en un partido de izquierda es mano de obra de un empresario capitalista, pero no por ello traiciona sus ideales políticos.
Luego subrayó la necesidad de que en las escuelas y facultades se enseñe un oficio, una manera de ganarse la vida en la cual la teoría no interfiera con el valor de la práctica. Si bien Belluccia se cuidó de aclarar que es innegable que todo profesional debe formarse en el plano teórico complementando sus saberes con los de otras disciplinas (comunicación, semiología, etc.), insistió que la teoría no sirve para evaluar el diseño y que, desde el lado de la docencia, es muy difícil enseñar un oficio sin saber ejercerlo.
Y es quizás y por sobre todo aquí donde las ideas de Belluccia puedan ser más discutidas: la función de la universidad es formar profesionales con espíritu crítico, con la capacidad analítica suficiente para poder abstraerse de las eventuales y zigzagueantes necesidades del mercado y actuar de una manera consciente en el escenario social, económico y político en el que le toca moverse. Si las escuelas o universidades sólo debieran dedicarse a enseñar el oficio ¿qué institución se encargaría de la otra tarea? ¿Quedaría librado a cierto empuje autodidacta propio de las inquietudes de cada uno? ¿Es saludable hacer el mayor acento en la formación práctico-instrumental de los diseñadores gráficos? Sin duda hay algo aún sin debatir con la profundidad necesaria: el cómo se forma, hoy por hoy, ese espíritu crítico entre los estudiantes de diseño gráfico.
Pero sigamos: Belluccia llegó a la sobrevaloración del método. Y allí ancló ese concepto con su acepción científica (serie pautada y ordenada de pasos para conseguir un objetivo) y lo contrastó con el ensayo-error, para él, fundamental en el aprendizaje del diseño. Sin duda, existen formas de planificar, de programar un proceso de diseño pero no hay que perder de vista su materialización práctica, su “bajada a papel” insustituible a la hora de la evaluación.
En un momento Belluccia se valió de un par de ejemplos fotográficos para centrarse en una noción, para él, básica en todo buen diseñador: la voluntad de comunicar. Y allí proyectó un cartel manuscrito, casero, de una mercería y lo contrastó con afiches diseñados profesionalmente. La elección de las imágenes, nada arbitraria, acentuaba la claridad y la evidente voluntad comunicativa del mercero de anunciar qué productos vende en contraste con un afiche abarrotado de elementos y sin ninguna posibilidad de establecer un mensaje claro.
Llegando al final, Belluccia se paró sobre el mito de que el diseño es una actividad poco pautada e innovadora, libre. Y allí se ocupó de decir que la tarea del diseñador depende al menos de tres cosas insoslayables: del "otro", a quien me dirijo; del programa de necesidades al que tengo que atenerme y, por último, de los códigos que deberé estudiar para luego poder utilizar con pericia.
"Sin contexto real no hay ejercicio —en el sentido del trabajo práctico en el taller— de diseño", dijo Belluccia y afirmó que la obligación del maestro es mostrar ejemplos y opinar.
Ya casi en el cierre, valoró algo no menor dentro de la tarea docente: el deber de preocuparse por mostrarle y enseñarle al alumno el respeto a la comunicación y transmitirle cariño por el oficio.
Fontana
Rubén Fontana arrancó su conferencia "Identidad y diseño" lateralmente: se presentó como una persona poco amiga de hablar en público pero sin pausa se soltó y confesó su amor por la Garamond; recordó sus inicios de cadete y de la hipnótica fuerza que tenía para él un cartel de SIAM diseñado por Distéfano, cada vez que lo veía; recalcó la importancia de que los estudiantes aprendan los conceptos del diseño gráfico y le restó valor a las especializaciones (diseño editorial, multimedia, web, afiches, etc.) ya que ellas encarnan problemas "de aplicación" de aquellos conceptos y que, éstos problemas, habiendo aprendido aquellos conceptos fundamentales, se pueden resolver, casi, sin ir a la escuela de diseño.
También Fontana le echó mano a algunas anotaciones que le dejó la conferencia de su predecesor, Raúl Belluccia, y afirmó que él sí aplica un método de trabajo y que trata de ser lo más riguroso posible aún cuando éste varíe dependiendo de las circunstancias y de las personas. Con Belluccia en el auditorio, los dos acordaron, entre risas, reemplazar la palabra método por "camino".
Ya entrando en tema, Fontana, habló del enorme valor del trabajo en equipo y de la manera en la que él considera que se da el aprendizaje: un ida y vuelta constante entre varias cabezas y varios pares de ojos. Sólo así se logra la excelencia, sólo así se aprende.
Y, como preámbulo del caso concreto que eligió —el rediseño integral de una cadena de vinerías— enumeró las tres artes del buen diseñador: el arte de aprender a escuchar; el arte de la interpretación y el arte de preguntar.
Luego explicó la metodología de trabajo de su estudio, la constante gimnasia de la prueba exhaustiva de distintas respuestas gráficas; el valor del testeo; el acento en los pequeños detalles; la importancia de la presentación ante el cliente y la tolerancia a posibles correcciones y observaciones. Todo esto apoyado en numerosos slides del desarrollo del trabajo.
Una vez contada la historia concreta y puntual del caso en cuestión, Fontana, como quien no quiere la cosa, se reservó un último y explosivo slide: una trama de algunas de las más importantes marcas que su estudio desarrolló en los últimos años como para que, quien tuviera alguna duda, le preguntara acerca de ellas.
Cassisi
El sábado era el último día de actividad. Era el turno de Luciano Cassisi y un título ambicioso: Qué es diseño gráfico hoy, pregunta cuya respuesta era su objetivo buscar.
La conferencia sirvió como recorrido por las diferentes formas de entender el diseño, desmenuzando las propuestas más frecuentes de definición y proponiendo una aplicable a la totalidad de los casos. El sentido de convenir en una definición fue sentar una base para el taller participativo que se realizó durante la mañana.
El taller estableció un ambiente que propició el intercambio de ideas entre los asistentes. Los grupos, de aproximadamente siete personas cada uno, trabajaron durante casi dos horas en relación a la idea del "futuro del diseño gráfico" en tres vertientes diferentes: el futuro de la educación, el futuro de la reflexión y el futuro de la profesión.
Dentro de cada tema, se trabajó en tres enfoques posibles: el futuro como corrección del presente, el futuro como utopía y el futuro como hipótesis de escenarios. Finalmente, cada grupo nombró un vocero y cada grupo de voceros un representante que se integró a la mesa redonda de cierre, junto a Chaves, Fontana, Ros, Belluccia y el propio Cassisi.
Luego de aquella mesa, llegó el turno del final. Como todo cierre, ameritó un brindis. Y entre las copas apareció el deseo de que haya una edición 2009 de Seminarios Foroalfa, con renovada temática, nuevos oradores y más preguntas esperando por abanicos de posibles respuestas.
Nota:
La UDGBA le agradece especialmente al DG Luciano Cassisi la invitación a los Seminarios así como el envío de información complementaria para la redacción de esta reseña.
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